“Maim” 4

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Posted on abril 15, 2016

BH

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La Corona de la Creación

Esto puede comprenderse mejor cuando se contempla desde la perspectiva particular de la forma más elevada de todos los seres creados, desde la corona misma de la creación: el hombre.

El Creador, en Su insondable sabiduría, comprendió que para realizar el deseo de que Su Bondad fuera plenamente experimentada sería necesario incluir dentro de la creación a una criatura que fuera verdaderamente capaz de apreciar este bien. En este respecto el hombre es único. Sólo al hombre le fue dada una amplia gama de facultades necesarias para apreciar verdaderamente la Fuente de toda la creación y la Bondad que El entrega, en particular el poder de ejercitar la libertad de elección. De hecho, la razón de todo el resto de la creación tuvo un propósito específico: servir al hombre en su búsqueda de la perfección, y al hacerlo alcanzar también su propia plenitud, llegando eventualmente a unirse una ves más dentro de la Unidad de Dios. Y al hombre se le dio por su parte la responsabilidad de hacer que esto sucediera. Para asegurarlo, Dios , no sólo obligo al hombre a elevar a toda la creación -dándole la Torah , la herramienta para cumplir su tarea- sino que también hizo que fuera la propia perfección del hombre la que dependiera de ello.

Esto, por supuesto, fue una fórmula perfecta para integrar todas las diferentes entidades que hacen al “luego de la creación”. Los reinos mineral, vegetal y animal cumplen con su propósito y la voluntad del Creador sirviendo y beneficiando a la humanidad. De manera inversa, el hombre sólo puede actualizar su propósito en este mundo -conocer al Creador, reconociendo Su exaltada Presencia y beneficiándose de Su Bien- buscando la perfección del mundo que lo rodea y trabajando para que el “después de la creación” retorne al nivel de unidad dentro de Dios, tal como tenía “antes de la creación”. Este es el camino planeado por Dios.

Pero Dios, sabía que el hombre, debido a que también era un ser creado y parte del “luego de la creación”, estaría sujeto automáticamente a los efectos de la dualidad. Esto significó que el hombre debería ser parte de un mundo en el cual la verdadera naturaleza de la Divinidad se encontrara oculta. Como con todo el resto de la creación, fue esto de hecho lo que permitió continuar existiendo. Si en algún momento el hombre lograra la perfecta apreciación y conciencia de la Unidad de Dios, y de como Él continúa sosteniendo cada aspecto de la creación incluso “luego de la creación”, entonces él mismo sería absorbido en esa Unidad.

De hecho, éste es el nivel de perfección destinado para la humanidad en el Mundo que Viene. Pero con la creación y desde ese momento, el hombre fue obligado a vivir con una determinada realidad aparentemente separada de Dios, haciendo de él una criatura con libertad de elección. Y dado que era el pináculo de toda la creación, el hombre debía ser el amo de su libertad de elección, capaz de ejercitar su elección de la manera que fuese.

Así, Dios, le dio al hombre la libertad de elegir, estableciendo dentro del diseño de la creación, la posibilidad de que el hombre eligiera de manera incorrecta si así lo deseara. La ilusión necesaria que surgue del “después de la creación” le permite también al hombre seguir el camino de la mentira y de la ignorancia o incluso peor, el Cielo no lo permita, de negar a su Creador. Si así lo elige, el hombre es capaz de convencerse a sí mismo de que sólo existe este mundo y que no hay ninguna otra realidad sino el mundo físico. La ilusión de una creación separada, basada como está en el misterio del Jalal HaPanui, dio como resultado el ocultamiento de la Divinidad. De este modo se hizo fácil ver el mundo como si funcionase sin ninguna clase de Providencia Divina, como sí sólo fuera la naturaleza la que gobernara la realidad. Esta es la libertad de elección del hombre. El tiene la libertad de buscar la verdad y de superar la ilusión o puede elegir cerrar sus ojos a su misión, y aceptar vivir en el ocultamiento, inconsciente de la razón misma por la cual el ocultamiento y él mismo fueron creados.


Corriendo y Retornando

Si analizamos cuidadosamente todo lo dicho hasta ahora, no podemos más que maravillarnos de la paradoja inherente a la que nos enfrentamos. Es el deseo de Dios, que el hombre supere la ilusión de los seres creados separados de Él. Dios no quiere que el hombre caiga en la mentira. Pero, al mismo tiempo, Él diseño las cosas de modo tal que la creación dependiera de ésta misma ilusión de separacion -no sólo para poder así ser recipiente del Amor de Dios, sino también y simplemente para que pudiera existir. Como hemos visto, si la creación conociera la verdad, todo, hasta el hombre mismo, volvería a su Fuente: el hecho de que no sea así es la raíz misma de la libertad de elección y la garantía de la continuidad de la existencia.

De hecho, no es ésta la única paradoja que se presenta cuando analizamos el modo en que Dios diseño la creación. Como con todo el material de esta naturaleza, la premisa inicial debe ser que la falta es nuestra y de nuestra incapacidad de comprender.

“El grado último de conocimiento es darse cuenta que uno no sabe”.

En pocas palabras, la paradoja sólo existe desde nuestro punto de vista. Debemos ver más allá de esta paradoja tal como debemos ver a través de la ilusión de la creación.

Ya hemos aprendido que si llegásemos a adquirir una absoluta conciencia de la Divinidad, estaríamos más allá de la ilusión y nos fundiriamos en Su Unidad. El mundo tal cual conocemos, dejaría de existir. Sin embargo, ahora que esta conciencia se mantiene oculta detrás de un velo -es decir la libertad de elección, que separa a la creación de su Fuente- el mundo mismo puede continuar existiendo. Pero ¿qué sucede cuando, el Cielo no lo permita, el hombre ejercita su libertad de elección de la manera incorrecta y mediante sus acciones separa el “después de la creación” de su Fuente? De lo que hemos dicho se sigue que bajo tales circunstancias el mundo dejaría de existir; no debido a una reunificación con la Unidad de Dios, sino debido a la antítesis de ello: el mundo se separaría absolutamente de la misma fuerza de vida requerida para la continuación de su existencia física. ¿No sería entonces que el velo de la libertad de elección estaría creando, en última instancia, una barrera que impediría que el mundo y todo lo que contiene recibieran la vida de la Fuente de toda vida?

El camino para salir de este dilema y la solución de nuestra paradoja se encuentra en esta lección. Para que la creación continúe recibiendo su fuerza de vida y evite así ser separada de su Fuente, es necesario unir el “después de la creación” con el nivel de “antes de la creación”. Esto también se encuentra dentro de las capacidades del hombre y es parte de su responsabilidad. Al buscar la verdad, el hombre puede llegar a comprender cómo su misma habilidad para elegir el sendero a seguir es un ingrediente inherente en el proceso de la creación. También podría, si así lo decidiera, elegir ir tras esta verdad. Puede buscar la vida y el bien llevándose a sí mismo y al mundo que lo rodea cada vez más cerca de Dios. Al saber y creer que la creación no se encuentra separada de Dios, sino que es en realidad una extensión de Su Unidad, el hombre hace retornar el “después de la creación”  al grado o nivel de unidad y de casi perfección que existió en el comienzo mismo de la emergencia física del mundo.

La clave para esto es el “Ojo del Santo, Bendito Sea”: la evocación de la Divina Providencia buscando la verdad y viviendo de manera honesta cuidándose de toda mentira. Respecto a la creación y a la libertad de elección, esto implica quebrar la ilusión de dualidad que fomenta el descreimiento e incluso la herejía y en lugar de ello creer que el “velo de separación” y la libertad de elección provienen de Dios, y son parte de Su plan. Esto unifica todo con la propia Unidad de Dios, sin que ello lleve a la total negación de las “otras realidades”.

Mediante la apreciación del verdadero papel y naturaleza de la ilusión, esta misma ilusión se trasforma. Lo que una vez fue un “velo de separación” es ahora refinado, si así pudiera decirse, transformándose en un “escudo protector” y en una vasija para recibir la luz de la Divinidad. Con estas nuevas herramientas, toda la creación y el hombre en  particular, se vuelven capaces de adquirir conocimiento y conciencia de la Unidad de Dios, en el modo de “adquirir y no adquirir”, de “tocar y no tocar”, o como la expresión de la visión del profeta Yejezkel “corriendo y retornando”. El hombre puede entonces unirse con la Unidad de Dios, y en lugar de ser anulado por Su magnífica luz, puede ahora merecer conocer y apreciar a su Creador: siendo éste el objetivo último del hombre y el verdadero propósito de todo lo creado.

 

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