Bein Hametzarim – El Quiebre de las Tablas

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Posted on julio 17, 2017

BH

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El Quiebre de las Tablas y el Establecimiento de la Muralla

“Y de Jerusalem haré montones, una guarida de chacales, y haré de las ciudades de Iehudá una desolación, sin dejar habitantes. ¿Quién es el sabio que pueda comprender esto? ¿Y quién es aquél a quién ha hablado el Eterno, para que pueda referirlo? ¿Por qué motivo ha perecido la tierra, quedando como un desierto donde no pasa nadie? Y dice el Eterno: Porque han abandonado Mi Torá que Yo establecí para ellos y no han escuchado Mi voz ni siguieron Mis caminos”

(Irmihá 9:10-12).

El diecisiete de Tamuz el pueblo de Israel sufrió dolorosas tragedias. Entre otras cosas fueron quebradas las Tablas y se abrió una brecha en la muralla de Jerusalem. Estos sucesos deben despertarnos nuevamente cada año al llegar esta fecha.

En el momento que Moshé Rabenu bajó del Monte Sinaí y vio el Becerro de Oro, arrojó las Tablas que llevaba en sus brazos y éstas se quebraron. La cuenta de cuarenta días desde el día en que Moshé subió al cielo concluía el diecisiete de Tamuz, es decir que éste hubiese sido un día propicio para recibir la Torá si el pueblo no hubiera pecado en él. Diecisiete es el valor numérico de la palabra tov. En este día Moshé debía haber entregado la Torá, que es llamada tov (Avot 6:3), como está escrito: “Les entrego una buena porción, no abandonen Mi Torá” (Mishlei 4:2).

Pero en cambio en este día actuó el Satán y fueron quebradas las Tablas.

Y ese mismo día ocurrió otra cosa: lograron abrir una brecha en la muralla de Jerusalem. Si prestamos atención podremos ver en cada cosa la mano de Dios, porque como dijeron los Sabios: “La Torá salva y protege” (Sotá 21a), es decir que la Torá protege como si fuera una muralla. Debido al pecado del Becerro la Torá no fue entregada ese día y no pudo proteger a Israel, por eso en ese mismo día pudieron abrir una brecha en la muralla, y luego ingresaron los romanos a destruir el Templo. Debido a que no se dedicaron a estudiar la Torá que salva y protege, pudieron romper la muralla que protegía a Jerusalem.

Entendemos por lo tanto que para protegernos de toda desgracia, la única solución es esforzarnos en el estudio de la sagrada Torá, alejándonos de las vanidades mundanas. Pero si la persona desea tener dinero y disfrutar de los placeres de este mundo, es como si hiciera idolatría, como el Becerro, y eso lo lleva a perder la muralla que lo protege y las puertas quedan abiertas para el enemigo.

Nos dicen las Escrituras: “¿Por qué motivo ha perecido la tierra? …Porque han abandonado Mi Torá”. Esta es la razón de la destrucción.


La Fuerza de la Torá

Los Sabios no entendían por qué había sido destruida Jerusalem (Baba Metzía 85a). ¿Cómo es posible que no lo entendieran? ¡El pueblo de Israel había cometido los tres pecados capitales: idolatría, relaciones prohibidas y derramamiento de sangre al no haber sido cuidadoso del honor de sus semejantes! ¿Cómo es posible que los Sabios no entendieran por qué había sido destruida Jerusalem? Cuando Dios vio que los talmidei jajamim de esa generación no podían reconocer la razón por la cual había tenido lugar la destrucción Templo, Él les dijo que se debió a que “Abandonaron Mi Torá” (Irmihá 9:12). Es decir que el hecho de alejarse del estudio de la Torá provocó que Israel se alejara también del cumplimiento de las mitzvot, porque el estudio es lo que lleva al acto (Kidushín 40b). Y a la inversa: cuando no hay estudio, faltan los actos. ¿Por qué los Sabios no podían reconocer la razón de la destrucción?

De hecho los Sabios no pudieron reconocer la razón por la cual tuvo lugar la destrucción del Templo porque cuando alguien está sumergido profundamente en el pecado llega a la herejía y no puede reconocer sus errores. A sus ojos la persona está limpia y pura y no fueron sus manos las que derramaron esa sangre. Esta es la prueba respecto a que Bitul Torá lleva a la negación y a la herejía. En vez de que los pecados del pueblo de Israel fueran claros ante sus ojos, estaban tan sumergidos en las vanidades mundanas y en los pecados que sus ojos se cegaron y no pudieron reconocerlos.

Cuentan los Sabios que los alumnos de Shimón HaTzadik le dijeron que Alejandro Magno se acercaba a las Puertas de Jerusalem con la intención de conquistar la ciudad y destruirla, tal como había hecho en el resto de las ciudades que había conquistado en el mundo. Al oír eso, Shimón HaTzadik salió a recibirlo. Cuando Alejandro Magno se estaba por encontrar con Shimón HaTzadik, muchos ministros se acercaron para ser testigos del triunfo de Alejandro sobre los judíos. Pero ante la sorpresa de todos y en contra de todas las expectativas, Alejandro se prosternó ante Shimón HaTzadik.

Ante el asombro de los presentes, Alejandro explicó que antes de cada una de sus batallas había soñado que se acercaba a él un judío de apariencia digna -similar a Shimón HaTzadik- y anunciaba que él triunfaría sobre sus enemigos. Por eso se prosternó ante Shimón HaTzadik.

Si analizamos a fondo este Midrash de nuestros Sabios, podemos ver claramente que cuando la voz es la voz de Iaakov, las manos de Esav pierden fuerza (Bereshit Rabá 65:20). Pero cuando la voz de la Torá no se escucha, entonces aunque nos lleguen muchos sufrimientos no podemos llegar a entender por qué debemos soportar todo ese dolor.

En el libro de mi maestro y Rabino el Rab Shamai Zahn zt”l, se relata la historia de los enemigos que deseaban profanar el Templo, pero no se atrevían a hacerlo porque temían que después Dios los hiciera pagar sus actos tal como había sucedido con todos los que les precedieron. Como temían entrar ellos mismos al Templo, proclamaron entre los judíos que prometían que la persona que entrara al Templo y lo profanara podría llevarse algún utensilio del Santuario y con eso se volvería millonario.

Entre los no judíos hubo muchos que desearon cumplir con esta misión y ganar doblemente: profanar el Nombre Divino –que Dios nos proteja- y también enriquecerse. Pero los enemigos debido a su enorme maldad quisieron que precisamente fuera un judío quien lo hiciera, para incrementar la vergüenza y la burla. Lamentablemente hubo una persona que estuvo dispuesta a cumplir con ese mandato de los enemigos. Su nombre era Iosef Meshita. Él entró al Templo, lo profanó y salió llevando la Menorá. Cuando los enemigos vieron que el judío salía llevando en sus manos la Menorá, no estuvieron de acuerdo en dejarlo que se la llevara, porque la Menorá simboliza a la Torá y su objetivo era aludir al honor de la Torá Divina. Por eso le dijeron a Iosef Meshita que volviera a entrar al Templo y tomara para sí otra cosa, por ejemplo el dinero de los judíos guardado en los tesoros del Templo, porque en esa época los judíos acostumbraban a ocultar sus bienes en el Mikdash, ya que ése era el lugar más seguro. Pero la maldad de Iosef Meshita no le permitió volver a entrar al Templo. Y por negarse a hacerlo lo mataron de forma cruel. Entonces salió una Voz del cielo anunciando que Iosef Meshita tenía una porción en el Mundo Venidero (Bereshit Rabá 65:22).

¿Qué diferencia existía entre Iosef Meshita la primera vez, que tuvo la audacia y el atrevimiento de profanar el Templo y llevarse uno de sus utensilios, y el Iosef Meshita que murió unas horas más tarde santificando el Nombre de Dios por no haber aceptado volver a ingresar al Templo? ¿Dónde desaparecieron la audacia y el atrevimiento?

Podemos decir que cuando este judío entró al Templo pudo sentir la Presencia Divina con toda Su revelación. En el momento en que sus manos sostenían la Menorá que es el símbolo de la Torá, su corazón latía avergonzado por ese acto tan bajo, porque la Torá gritaba y reclamaba por su vergüenza. Si bien la Presencia Divina se encuentra en todas partes y es suficiente con que la persona observe la Creación para llegar a la conclusión de que Dios existe, ese judío cuyos ojos habían dejado de reconocer el honor de Dios en el mundo, no pudo permanecer indiferente cuando sus piernas pisaron el Templo y sus manos sostuvieron la Menorá. Por eso se negó a volver a entrar.

En una ocasión debí someterme a una cirugía y para ello me durmieron. Mientras me aplicaban la anestesia, todo el tiempo intenté mantenerme despierto, pero la anestesia fue más fuerte y me desperté unas horas más tarde cuando la cirugía ya había concluido. En el momento en que me desperté, no podía dejar de agradecerle al Creador por la enorme Bondad que había hecho conmigo y por Su supervisión especial en el momento de la operación. Porque lamentablemente a menudo oímos de casos en los cuales las personas ingresaron al quirófano para una intervención pequeña y sin importancia, pero no tuvieron el mérito de salir del mismo con vida.

Después de pensarlo detenidamente, llegué a la conclusión de que debo agradecerle al Creador cada día por haberme devuelto el alma tal como lo hice después de a cirugía, porque el sueño consiste en una sesentava parte de la muerte (Berajot 57b). Solamente gracias a la Bondad Divina cada día tenemos el mérito de poder ver la luz del sol. Quienes no somos capaces de decir la bendición Modé Ani cada día con la intención correcta, nos asemejamos a Iosef Meshita que sólo llegó a reconocer el Reinado Divino en el mundo y la verdad de la Torá después de haber ingresado al Templo y de haber tomado la Menorá. Esto es muy doloroso y sumamente grave.

Mi maestro y rabino, el Rab Shamai Zahn zt”l relata en su libro también lo ocurrido con Tito, quien estuvo con una prostituta en el Templo, sobre pergaminos de la Torá (Guitín 56b). Al leer esa Guemará me estremecí. ¿Cómo es posible que haya sucedido algo tan terrible?

¿Acaso no hay límite al descaro y al atrevimiento? Cuando logré calmarme y pensar con tranquilidad, entendí que lamentablemente debido a nuestros muchos pecados también nosotros nos comportamos de manera similar a la del malvado Tito. Porque como es sabido cada persona es como una residencia para la Presencia Divina, es decir como un Mihskán, como está escrito: “Háganme un Santuario y residiré en ellos” (Shemot 25:8). No está escrito “en él” sino “en ellos” (Etz HaDaat Tov, Ki Tisá; Nefesh HaJaim 1:4); es decir en el cuerpo de cada judío. Asimismo cada persona se asemeja a un sefer Torá, porque la persona está compuesta de doscientos cuarenta y ocho miembros y trescientos sesenta y cinco tendones, de manera paralela a las seiscientas trece mitzvot (Zohar, Primera Parte, 170b). De esto surge que cuando la persona impurifica sus ojos mirando cosas prohibidas y llega a tener malos pensamientos, se asemeja al malvado Tito que estuvo con una prostituta dentro del Templo sobre pergaminos de la Torá, porque la persona es como un sefer Torá y un lugar de residencia de la Presencia Divina. ¿Quién puede no temblar ni estremecerse al oír estas palabras?

El Arizal (Shaar HaKavanot; Pri Etz Jaim) dice que los meses de Tamuz y Av en los cuales tiene lugar Bein HaMetzarim, son los meses más difíciles para el pueblo de Israel, meses apropiados para las calamidades, porque son los meses de verano en los cuales hay grandes obstáculos y pruebas respecto a ver cosas prohibidas.

Está escrito: “Creé la Inclinación al Mal, creé la Torá como su antídoto” (Kidushín 30b). Esto significa que sólo gracias a la fuerza de la Torá la persona puede cuidarse y alejarse del pecado. Especialmente debemos reforzarnos en este sentido durante los días de Bein HaMetzarim, luego de los cuales llegan los días de Bein HaZemanim (de vacaciones).

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