Sefer Shel Beinoním – Capítulo 12

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Posted on julio 17, 2017

BH

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El Beinoní (hombre intermedio) es aquel en el cual el mal del Alma Animal nunca logra suficiente poder como para conquistar la “pequeña ciudad” -el cuerpo, que las almas Divina y Animal pretenden conquistar-, como para investirse en el cuerpo y hacerlo pecar. Es decir, las tres “vestimentas” del Alma Animal -que son el pensamiento, la palabra y la acción- que se originan en la kelipá, no prevalecen en él sobre el Alma Divina como para investirse en el cuerpo- ya sea en el cerebro, en la boca, o en alguno de los demás 248 órganos- para hacerlos pecar e impurificarlos, Dios libre (de pasar estas cosas sería un rashá y no un beinoní).

Unicamente las tres vestimentas del Alma Divina, sólo ellas se invisten y manifiestan en el cuerpo, siendo éstas el pensamiento, la palabra y la acción relacionados con los 613 mandamientos de la Torah. El beinoní nunca ha cometido transgresión alguna en su vida, ni tampoco hará jamás una transgresión; jamás se le ha aplicado el nombre de “rashá”, ni siquiera temporariamente, ni por un solo momento, en toda su vida.

No obstante, la esencia y el ser del Alma Divina, que son sus diez facultades (Se hace referencia a los tres poderes intelectuales y a las siete facultades emocionales del alma bajo el nombre de “esencia” del Alma Divina, en contraste con las “vestimentas” del alma -pensamiento, palabra y acción- que sólo sirven como válvulas y medios de expresión de las facultades esenciales del alma), no mantienen una soberanía y dominio indisputable sobre “la pequeña ciudad”, salvo en momentos específicos, tales como cuando se recita el Shemá o la Amidá. En ese momento de plegaria el Intelecto Supremo en lo Alto se encuentra en un estado sublime (es un momento de enorme iluminación espiritual en los mundos espirituales superiores); también abajo, en el mundo físico, el momento de la plegaria es propicio para cada hombre para ascender a niveles espirituales superiores. En ese momento, el beinoní liga su JaBaD (Jojmá-Biná-Daat) a Dios, meditando profundamente acerca de la grandeza del bendito Ein Sof, y estimulando con su meditación un ardiente amor a Dios en el lado derecho de su corazón, amor éste que lo lleva a querer unirse a El por medio del cumplimiento de la Torah y sus mandamientos por amor. Este estímulo de amor a Dios y su subsiguiente resolución de adherirse a la Torah y a las mitzvot  y con ello unirse a Dios es el concepto esencial del Shemá que el mandamiento bíblico deOraita nos ordena recitar; del mismo modo, las bendiciones que preceden y que siguen al Shemá, rabínicamente ordenadas deRabanán, son un preparativo que nos permite cumplir aquello que recitamos en el Shemá, como se explica en otra parte.

En ese momento, el mal del lado izquierdo de su corazón está sometido al bien (o sea, el amor a Dios) que se extiende por el lado derecho del corazón proviniendo de las facultades de JaBaD del cerebro que están unidas en la meditación a la grandeza del bendito Ein Sof, y es anulado por éste bien (la meditación acerca de la grandeza de Dios por medio de las tres facultades intelectuales, Jojmá-Biná-Daát-, despierta y extiende un amor a Dios en el lado derecho del corazón. Este estímulo de amor hace que el mal del Alma Animal quede neutralizado en el bien del Alma Divina que ahora permea el corazón. Durante la plegaria, en consecuencia, cuando el beinoní despierta su amor a Dios por medio de la meditación, su Alma Animal se encuentra inactiva, y él no siente inclinación hacia los placeres físicos. Así durante ésta, el Alma Divina del beinoní es su “soberana indisputable”). Después de la plegaria, sin embargo, cuando el intelecto del bendito Ein Sof ya no está más en un estado de sublimidad, el mal del Alma Animal en el lado izquierdo del corazón vuelve a despertarse, y él siente una vez más deseo por las apetencias y los placeres de este mundo.

No obstante, dado que el mal del Alma Animal no ejerce una única autoridad y dominio sobre la “ciudad”, es incapaz de concretar este deseo invistiéndose en los órganos del cuerpo, para entregarse a la acción, la palabra, o el pensamiento real -concentrar su atención en los placeres mundanos, para planificar cómo satisfacer la apetencia de su corazón-, porque el cerebro rige al corazón, como está escrito en Raiá Mehemná, Parashat Pinjas en virtud de su creada naturaleza innata. Porque el hombre fue creado así desde su nacimiento, de modo que cada persona pueda, con el poder de la voluntad de su cerebro, contenerse y dominar el impulso de los deseos de su corazón , evitando que los deseos de su corazón encuentren expresión  en la acción, la palabra y el pensamiento (cuando la mente comprende el mal inherente en esas acciones, palabras o pensamientos), y puede, si su mente lo quiere, desviar su atención completamente de lo que su corazón ansía y dirigir su atención en dirección exactamente opuesta, principalmente en dirección a la santidad.

Porque así está escrito (Eclesiastes 2:13): “Luego he visto que la sabiduría supera la necedad como la luz supera la oscuridad”. Esta analogía significa que tal como la luz tiene superioridad, poder y dominio sobre la oscuridad, de modo que un poco de luz física desplaza gran ciudad de oscuridad, la que es desplazada automáticamente e inevitablemente (sin esfuerzo alguno por parte de la luz), del mismo modo se elimina automáticamente mucha necedad de kelipá y sitrá ajará de el Alma Animal que se alberga en el lado izquierdo del corazón como dicen nuestros Sabios (Sotá 3a): “El hombre no peca a menos que un espíritu de necedad haya penetrado en él” ante la sabiduría del Alma Divina que está en el cerebro, cuyo deseo es reinar sobre la “ciudad” para permear el cuerpo entero por medio de sus tres vestimentas previamente mencionadas, a saber, el pensamiento, la palabra y la acción asociadas a las 613 mitzvot de la Torah, como se explicara antes.

Sin embargo, pese a que el deseo del Alma Divina controla los anhelos que el Alma Animal despierta en su corazón e impide su expresión práctica, no es considerado en absoluto tzadik. Porque este dominio que la luz del Alma Divina tiene sobre la oscuridad y la necedad de la kelipá del Alma Animal que es automáticamente desplazada, se limita a las tres vestimentas del Alma Divina previamente mencionadas, pero la esencia y el ser del Alma Divina no dominan la esencia y el ser del Alma Animal que se deriva de la kelipá. Porque en el beinoní, la esencia y el ser del Alma Animal que se originan en la kelipá que está alojada en el lado izquierdo del corazón se mantiene en su lugar después de la plegaria (no es desplazada por el Alma Divina), cuando el ardiente amor a Dios ya no se encuentra en un estado revelado en el lado derecho de su corazón sino que su corazón está revestido internamente por un amor oculto, aquel amor que es natural al Alma Divina, como se explicará más adelante. Entonces, luego de la plegaria, es posible que la necedad del “necio malvado” se revele en el lado izquierdo del corazón, apeteciendo todas las cuestiones físicas de este mundo, ya sean permitidas o prohibidas (sólo que, a pesar de ser cuestiones permitidas y deberían desearse y utilizarse como medios para servir a Dios, el beinoní las desea en este momento en provecho propio, por el placer que ellas proporcionan), Dios libre, como si jamás hubiera orado, sólo que en el caso de un deseo por un asunto prohibido, no se le ocurre cometer la transgresión en la práctica, Dios libre. Pero los pensamientos de pecado, “que son más graves que el pecado mismo”, pueden lograr trepar a su mente y distraerlo de la Torah del servicio Divino, como dicen nuestros Sabios (Bavá Batra 164b): “Hay tres pecados tan difíciles de evitar, que ningún hombre se salva de pecar con ellos diariamente: pensamientos de pecado, falta de concentración en la plegaria, y la difamación”.

Sin embargo, la impresión retenida en su mente (resultante de su meditación acerca de las grandeza de Dios durante la plegaria), y el amor natural y el temor a Dios que está oculto en el lado derecho de su corazón, le ayudan a imponerse y dominar este mal del Alma Animal que apetece su deseo, impidiéndole obtener la supremacía y el dominio sobre la “ciudad” y llevar de lo potencial a la práctica su deseo invistiéndose en los órganos del cuerpo. Lo que es más: aun en la mente sola, en lo que se refiere al pensamiento pecaminoso, el mal no tiene dominio y poder para hacerle pensar -Dios libre- pensamientos tales conscientemente, es decir, que la mente pueda aceptar voluntariamente -Dios libre- este mal pensamiento que asciende por sí mismo desde el corazón hacia la mente, como ha sido explicado previamente. En lugar de ello, inmediatamente después de que el pensamiento se ha elevado hacia allí – a la mente -, él l0 aparta como con ambas manos, y aleja su mente de él en el instante en que se da cuenta de que es un pensamiento malo. Se negará a aceptarlo aun como tema de mera reflexión consciente, y por cierto no pensará en ponerlo en práctica, Dios libre, o siquiera hablar de él. Porque aquel que incurre voluntariamente en pensamientos tales es considerado un rashá en ese momento, en tanto que el beinoní nunca es rashá, ni por un solo instante.

Análogamente, no permitirá que sentimientos malos encuentren expresión en el pensamiento, la palabra y la acción en cuestiones “entre el hombre y su prójimo”. Apenas se eleve de su corazón a su mente cualquiera animosidad u odio, Dios libre, o envidia, ira o resentimiento y similares, no los aceptará en absoluto en su mente y voluntad. Por el contrario, su mente predominará y dominará los sentimientos de su corazón, para hacer exactamente lo opuesto a l0 que el corazón desea, o sea, comportarse hacia su prójimo con bondad y exhibir hacia su prójimo un amor desproporcionado, soportando de él hasta el máximo extremo, sin enojarse, Dios libre, ni tampoco retribuirle en la medida de su actitud, Dios libre, sino, por el contrario, pagar a los ofensores con favores, como está escrito en el Zohar I, 201a que debemos aprender de el ejemplo de la conducta de Yosef con sus hermanos.

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