Capítulo 9

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Posted on septiembre 12, 2017

BH

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PERMISIVIDAD Y ENDULZAMIENTO

Puesto que la psicología convencional carece de un criterio absoluto que determine qué está permitido y qué está prohibido, debe adoptar la actitud de «inocencia hasta que se pruebe su culpabilidad», es decir, que no hay nada inherentemente malo en determinado tipo de comportamiento hasta que se demuestre empíricamente que es perjudicial, tanto para el individuo como para la sociedad. (Incluso entonces, la actitud secular encuentra difícil determinar que una conducta censurable es intrínsecamente o esencialmente mala. Lo máximo que un secular honesto puede decir es que, dado el contexto psicosocial en el que vivimos, cierta conducta tiene consecuencias dañinas.) Luego la psicología convencional tiende a ser permisiva, actitud según la cual todo es esencialmente legítimo.

Según esta visión secular, la mejor manera de resolver todo problema psicológico es ser lo menos inhibido y reprimido posible acerca del mismo, permitiendo a los deseos naturales del individuo la mayor libertad posible con el fin de realizarlos. Incluso cuando es evidente que estos impulsos deben ser sublimados, muchas corrientes en la psiquiatría convencional aún buscan caminos permitidos por la sociedad para realizarlos. Desde esta perspectiva secular, el sistema de valores absolutos de la Toráh es virtualmente falto de sentido. En contraste, la «permisividad» ordenada en la fase de endulzamiento de la terapia cabalista, que se lleva a cabo sólo después de las fases preliminares de sumisión y separación, no constituye una liberación de ninguna de las prohibiciones legisladas en la Toráh. (Hay casos extremadamente raros en los que la misma Toráh permite al individuo practicar temporalmente un acto que suele estar prohibido o no hacer una acción ordenada por Dios.

Los parámetros que definen cuándo y cómo se aplican escapan a los límites de la presente discusión. El conocido dicho de los sabios: «Uno debe usar siempre la mano izquierda para apartar y la mano derecha para acercar», puede aplicarse a la relación entre separación y endulzamiento. En la separación usamos nuestra «mano izquierda (espiritual) para apartar», mientras que en el endulzamiento usamos nuestra «mano derecha (espiritual) para acercar». Esta reversión ocurre de la siguiente manera: al atravesar la fase de separación de nuestra reestructuración espiritual, debemos permanecer conscientes de que los placeres físicos pueden ser perjudiciales para nuestro crecimiento espiritual. Es cierto que la Toráh permite que una persona disfrute de los placeres de este mundo mientras que hacerlo no implique una trasgresión abierta a ninguna de sus prohibiciones. En esta etapa, sin embargo, aún no hemos avanzado lo suficiente para permitirnos ese lujo.

Aunque se nos ha advertido que evitemos el ascetismo, se nos ordena también acatar el consejo de los sabios: «Santificaos [incluso] respecto a lo que [de otra manera] os está permitido»'”. Debemos luchar por abstenernos de los placeres sensuales que nos ofrece este mundo, a menos que formen parte esencial de nuestro servicio divino, como cuando disfrutamos de una buena comida y bebida en honor al Shabat o para abrir nuestros corazones al estudio de la Toráh y la observancia de sus preceptos con alegría. En contraste, cuando llegamos a la etapa de endulzamiento y nos hemos liberado de la orientación del ego no rectificado, podemos en efecto comenzar a saborear todos las deleites que Dios ha puesto en el mundo para que los disfrutemos. En este contexto, el consejo de los sabios «santificaos con lo que os está permitido», significa «infunde tu santa actitud a la vida a todos los placeres que te son permitidos». A este nivel, todas nuestras acciones son verdadera e intrínsicamente «por el cielo». Así es como el pensamiento jasídico interpreta la directiva del rey Salomón: «Conoce a Dios en todos tus caminos» y la aseveración de los sabios según la que eventualmente deberemos rendir cuentas por todos los placeres que pudimos disfrutar en este mundo pero nos abstuvimos de hacerlo.

Este endulzamiento de la vida indicado por la Toráh produce a Dios un gran placer, por así decirló, porque al fin y al cabo Él creó este mundo como un vehículo para otorgar placer a Sus criaturas. Pese a esto, no podemos disfrutar del mundo en la manera en que Dios quiso que lo hiciésemos hasta que no alcancemos el nivel de conciencia constante de Su presencia en nuestras vidas. Podemos ser constantemente conscientes de Dios incluso al disfrutar los placeres de este mundo sólo si hemos logrado los objetivos de la separación.

Una vez experimentado el verdadero deleite de estar cerca de Dios, las tentaciones superficiales de este mundo no nos impresionan más y ya no nos sentimos compelidos a esforzarnos para obtenerlas y disfrutarlas. En esta etapa, cuando disfrutamos de algún placer físico, lo hacemos de manera esencialmente liberada: experimentamos el placer como puro y no adulterado en lugar de sentirlo como la satisfacción de alguna necesidad artificial. Y lo más importante es que, como ya no somos prisioneros del placer al que nos entregamos, podemos experimentarlo libremente corno parte de nuestra conexión total con Dios.

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