Jafetz Jaim – Pirkei Avot 26

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Posted on septiembre 12, 2017

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CUANDO UNO OLVIDA UNA PARTE DE SU CONOCIMIENTO DE LA TORÁ,

LA TORÁ LO CONSIDERA CULPABLE DE UNA TRANSGRESIÓN MORTAL.


Rabí Dostai bar Rabí Ianai dijo citando a Rabí Meir: Cada vez que uno olvida una parte de su conocimiento de la Toráh, la Toráh lo considera culpable de una transgresión mortal, porque está escrito: «Por lo tanto guárdate y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto» (Deuteronomio 4:9).

Esto puede comprenderse con la ayuda de un versículo del Deuteronomio (12:23): «Porque la sangre es el alma. No comas el alma con la carne». En este versículo nos advierten que no debemos pensar que la sangre es prohibida porque es repugnante y que al ingerirla uno meramente viola la prohibición de consumir cosas repugnantes. Es como si consumiéramos el alma del animal y tenemos permitido consumir sólo la carne, no el alma. La Toráh nos dice que el alma está íntimamente ligada a la sangre, aunque seamos incapaces de percibirlo con nuestros ojos humanos.

De manera similar el versículo nos informa: «Para que las mandéis a vuestros hijos a fin de que cuiden de cumplir todas las palabras de esta Toráh… porque es vuestra vida» (Deuteronomio 32:46-47). Rashi, el comentarista clásico de la Toráh, explica en Levítico (18:5) que la «vida» a la que se refiere el versículo no es la vida efímera de este mundo, sino la vida eterna del Mundo Venidero. Mediante estudio y observancia de los preceptos el alma se adhiere a la luz Divina, que es la fuente de su inmortalidad. A esto alude el versículo de 1 Samuel 25:29, cuando Avigail bendice a David «Que el alma de mi señor sea ligada al haz de la vida con El Eterno vuestro Dios». ¿Quién, salvo el Creador, sabe qué debe hacer el alma para obtener la vida eterna? Y Él dicta explícitamente en Su Toráh:

Cumple esta Toráh… porque es tu vida». Una vez que el hombre. entiende que su vida eterna depende únicamente de este asunto, rodemos estar seguros de que no perderá nada de su tiempo. Perder tiempo significa privar a su alma de vida. Considerad la siguiente historia:

El hijo de un hombre rico sufría de debilidad extrema. El padre llevó al chico para que lo examinasen los mejores médicos del país. Después de una serie de exámenes los médicos informaron al preocupado padre que todos los órganos de su hijo parecían funcionar perfectamente. La causa de su debilidad, dijeron, era que su presión era extremadamente baja. La única esperanza para el chico era darle una transfusión de sangre masiva que podía eventualmente poner en peligro la vida del donante. Más aún, ellos creían que dada la particular condición del chico, el uso de la sangre de otro niño sería lo que aseguraría mayor éxito. Los médicos explicaron que esta era la única posibilidad de curar al niño de su enfermedad. El rico salió en busca de los pobres de la ciudad para intentar encontrar a alguien que a cambio de una pequeña fortuna permitiera a los médicos extraer la sangre necesaria de uno de sus hijos. Todos lo consideraron loco: «Por esa cantidad de dinero estamos dispuestos a hacer el más duro de los trabajos -le dijeron-, pero ¿cómo podemos vender la sangre de nuestros hijos? ¡Su sangre es su vida! ¡Nunca podríamos aceptar una propuesta tan monstruosa!»

Lo mismo sucede aquí. Cuando malgastas unas horas cada semana en charlas inconsecuentes, te privas de la eternidad. Al final terminarás como el padre del niño enfermo que imaginaba que alguien estaría dispuesto a vender la sangre de su propio hijo. Tú también imaginas que encontrarás un estudioso que te venda parte de su estudio de la Toráh. Pero déjame advertirte de antemano: se burlarán de ti.
Y esto por dos razones: ante todo ningún estudioso consideraría siquiera hacer un negocio de esa índole. La Toráh es su sangre y alma, la fuente de vida eterna. ¿Cómo puedes imaginar que la vendería por dinero? La mera sugerencia merecería su desprecio. Por eso está escrito en el Cantar de los Cantares (8:7): «Si diese un hombre todos los bienes de su casa por este amor, de cierto lo menospreciarían». La segunda razón es que un acuerdo de esa índole no le serviría de nada. Es cierto que uno puede adquirir una parte en el estudio de la Toráh de otra persona si lo mantiene mientras estudia, como fue el caso de Isacar y Zevulun. Pero uno no puede comprar una participación en estudios que otra persona ha hecho.
(ZAJOR LEMIRIAM, CAP. 12)

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