Kipur

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Posted on octubre 02, 2017

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La Esencia de Iom Kipur

“Pues en este día él hará expiación por ustedes a fin de purificarlos; de todos sus pecados delante del Eterno serán purificados”

(Vaikrá 16:30).

En Rosh Hashaná todos los habitantes del mundo son juzgados ante Dios (Rosh Hashaná 18a) y nadie sabe cuál será el resultado de su juicio. Para tener el mérito de que Dios nos inscriba para una buena vida, el Creador nos otorgó el mes de Elul que es un mes de misericordia y perdón en el cual podemos corregir nuestros actos y acercarnos a Dios. Además, mientras que Rosh Hashaná es el día de Juicio, Iom Kipur es el día en que se sella el juicio. Es decir que si la persona no vuelve en completa teshuvá antes de Rosh Hashaná, Dios le da otra oportunidad para que corrija sus actos durante los Diez Días de Teshuvá que hay entre Rosh Hashaná y Iom Kipur. Podemos ver cuán grande es la misericordia del Creador hacia Su pueblo y cuánto desea juzgarlos para una buena vida. Por eso les otorgó otra oportunidad de corregir sus actos y volver en completa teshuvá por todos sus pecados, de manera tal que al llegar a Iom Kipur que es el día en el cual se sella el decreto puedan merecer que Dios los selle para la vida y la paz.

Rebi dice que incluso si la persona no vuelve en teshuvá, Iom Kipur mismo expía por sus pecados debido a la santidad del día (Shevuot). Esto no se entiende… ¿cómo es posible que a una persona malvada que no corrige sus actos y se mantiene en su maldad Dios la perdone de todas maneras? Aparentemente esto podría llegar a debilitar a los tzadikim que viven cada día examinando sus actos y volviendo en teshuvá. El hecho de ver que Dios perdona a los malvados por sus pecados a pesar de que ellos no se arrepientan puede llegar a debilitar el esfuerzo que los tzadikim realizan en el camino de la teshuvá y del perdón. Además podemos preguntarnos: si Iom Kipur expía los pecados del hombre debido a su propia santidad, ¿por qué es tan importante decir selijot? ¡En definitiva Dios perdonará a la persona incluso si ella no vuelve en teshuvá! ¿Y por qué es necesario hacer sonar el shofar para confundir al Satán para que no despierte juicios contra Israel, si Dios ya decidió perdonarlos por sus pecados tanto si se arrepintieron como si no lo hicieron?

En la Haftará de Rosh Hashaná (Shmuel I 1) leemos la historia del nacimiento del profeta Shmuel y de las plegarias que elevó Janá a Dios para recibir la bendición de tener un hijo. Sabemos que Elkaná tenía dos esposas, una de ellas era Peniná, quien ya tenía hijos. La otra esposa era Janá, quien no había tenido hijos. El profeta cuenta que Peniná le provocaba sufrimiento a Janá recordándole que todavía no había tenido hijos para despertar a Janá para que rezara con más fuerza. En ese momento salió una Voz Celestial anunciando que en el futuro nacería un tzadik cuyo nombre sería Shmuel, quien sería considerado equivalente a Moshé y a Aharón e iluminaría los ojos del pueblo con su Torá (Midrash Shmuel 3). Dicen nuestros Sabios que todas las mujeres que dieron a luz hijos varones los llamaron Shmuel, con la esperanza de que su hijo fuera aquel tzadik a quien se había referido la Voz Celestial.

También Janá rezaba y le suplicaba a Dios que le otorgara un hijo, tal como cuenta la Haftará de Rosh Hashaná lo ocurrido cuando ella rezaba en voz baja en el Bet HaMikdash, cuando Eli el Cohén pensó que era una mujer borracha. Janá le prometió a Dios que si le daba un hijo tzadik, ella lo santificaría al servicio Divino. Dios aceptó la plegaria de Janá y ella dio a luz al profeta Shmuel, quien es famoso por su enorme rectitud.

Podemos preguntarnos por qué sólo Janá entre todas las mujeres tuvo el mérito de dar a luz a un hijo tzadik como Shmuel, quien es considerado equivalente a Moshé y Aharón juntos (Berajot 31b). Sin ninguna duda en esa generación había muchas mujeres justas meritorias de tener un hijo justo como Shmuel. Por lo tanto la pregunta es qué fue lo que distinguía a Janá del resto de las mujeres de su generación y cuál fue su mérito para dar a luz a un hijo tan elevado como Shmuel. También es necesario entender por qué leemos en Rosh Hashaná la Haftará que habla sobre el nacimiento de Shmuel. ¿Qué relación existe entre Rosh Hashaná y las súplicas de Janá pidiendo tener un hijo tzadik?

Tenemos que analizar lo que dijo Janá: “El Eterno juzgará los confines de la tierra y dará fortaleza a Su rey y exaltará el cuerno de Su ungido” (Shmuel I 2:10). De esta manera Janá estaba diciendo que Dios juzga a cada persona, incluso a las más bajas y simples que se encuentran en los confines de la tierra. Por esta razón leemos esta parashá en Rosh Hashaná, para recordar que Dios juzga a cada individuo, tanto si se trata de alguien importante y elevado como de una persona simple. Janá siguió diciendo: “Dará fortaleza a Su rey”. De esta manera quiso decir que la persona que estudia la Torá que es llamada oz (fortaleza) (Shemot Rabá 27:4) es en cierto sentido un rey, tal como está escrito: “Los Sabios son como reyes” (Guitín 62a). Porque gracias al mérito del estudio de la Torá ellos acercan la redención, tal como dijo Janá: “y exaltará el cuerno de Su ungido”.

Podemos decir que Janá tuvo el mérito de tener un hijo como Shmuel no por haber sido más recta que el resto de las mujeres, sino porque hizo una promesa a Dios afirmando que si tenía un hijo lo entregaría en manos de Dios. De aquí podemos entender que Janá sabía que los hijos son solamente un depósito en manos de sus padres, pero que de hecho pertenecen al Creador. Por eso prometió santificar a su hijo a la Torá desde el momento de su nacimiento. Pero mientras Janá entendía esto, hay otras mujeres que sienten que son las dueñas del mundo, que todo les pertenece, que tienen la fuerza y el dominio de todo.

En Rosh Hashaná, cuando nos presentamos ante Dios para ser juzgados, debemos recordar que sólo Dios es el Amo del universo y que nosotros estamos en este mundo por un tiempo breve y “prestado” para cumplir con nuestra misión y lograr nuestros objetivos. Tal como Janá sintió que su hijo Shmuel sólo estaba a préstamo en sus manos pero no le pertenecía, así también nosotros debemos saber que vinimos a este mundo por poco tiempo para cumplir con una tarea definida. Asimismo, en Rosh Hashaná Dios juzga a cada individuo y revisa si realmente siente y reconoce cuál es su misión y su objetivo en la vida, o si siente que es el dueño del mundo.

Los padres que desean que sus hijos crezcan y se conviertan en fieles soldados del ejército Divino, deben educarlos en el camino de Dios y recordar constantemente que los hijos sólo son un depósito en sus manos. Si la persona no es dueña de sí misma, mucho menos puede llegar a ser dueña de sus hijos. Vemos que Dios alabó a Abraham Avinu y le dijo: “Pues lo he conocido porque él encomienda a sus hijos y a su casa después de él que guarden el camino del Eterno, para hacer rectitud y justicia…” (Bereshit 18:19). Y Rashi explica que Dios quiere a Abraham porque él “encomienda a sus hijos con respecto a Mí que guarden Mis caminos”.

De esto aprendemos que Janá tuvo el mérito de dar a luz a Shmuel porque ella fue la única entre todas las mujeres que rezó pidiendo tener un hijo para santificarlo al Creador, mientras que las otras mujeres pedían tener un hijo tzadik pero no prometieron ofrecerlo y santificarlo a Dios.

También podemos agregar que Moshé Rabenu fue quien provocó que Iom Kipur sea un día de expiación y perdón, porque él rezó pidiendo a Dios que perdonara a los israelitas por el pecado del Becerro de Oro. Después del pecado del Becerro de Oro, cuando Moshé subió al cielo por segunda vez para bajar las segundas tablas ellos tocaron el shofar y volvieron en teshuvá desde el comienzo del mes de Elul hasta Iom Kipur, cuando Dios le dijo a Moshé: “Los perdoné de acuerdo con tus palabras” Dios no sólo perdonó a los israelitas en Iom Kipur después del pecado sino que las palabras: “Los perdoné de acuerdo con tus palabras” se aplican a todas las generaciones, a tal grado que está escrito: “Pues en este día él hará expiación por ustedes a fin de purificarlos; de todos sus pecados delante del Eterno serán purificados” (Vaikrá 16:30). Esto nos enseña la fuerza de la teshuvá del pueblo de Israel y de la plegaria de Moshé Rabenu, por mérito de lo cual se estableció un día de arrepentimiento, expiación y perdón para todas las generaciones.

Imaginemos una persona cuyo cuerpo está completamente sucio. Al entrar a la bañadera la mera presencia del agua limpia su cuerpo sin necesidad de que lo refriegue. Salvando las diferencias, Iom Kipur es como una bañadera llena de agua que limpia y purifica a todos los que se encuentran dentro de ella, incluso si no refregaron ni limpiaron los pecados que tenían adheridos. Por esta razón Iom Kipur expía los pecados de los malvados, incluso si no vuelven en teshuvá, gracias a la santidad misma del día (Ioma 85b). ¿Por qué Iom Kipur expía gracias a la santidad misma del día? Debido a ese gran día en el cual Dios respondió a la teshuvá del pueblo de Israel y a la plegaria de Moshé Rabenu y dijo: “Los perdoné de acuerdo con tus palabras”, estableciendo ese día como un momento de teshuvá, expiación y perdón para todas las generaciones.

Si Dios nos otorgó un regalo tan maravilloso como Iom Kipur, que expía los pecados por su misma santidad, es una pena no aprovecharlo para acercarnos a Él. Debemos decir que si bien Iom Kipur expía por su propia santidad, de todas maneras cuando la persona agrega su propio esfuerzo arrepintiéndose completamente de sus pecados, puede lograr mucho más. La teshuvá y la expiación de los malvados no puede debilitar a los tzadikim, porque ellos no se conforman con la expiación que resulta solamente de la santidad del día, sino que se esfuerzan por purificarse ellos mismos ante Dios; porque saben que la teshuvá en este día tiene una fuerza inmensa y que es una pena desperdiciar esa oportunidad.

Cada año viajo a visitar las tumbas de los tzadikim en Ucrania. En una oportunidad en ese viaje pedí que limpiaran la habitación en el cual deberíamos dormir en Shabat. Les pedí a los responsables del lugar que limpiaran muy bien para que no quedaran arañas, ya que soy especialmente sensible a las mismas. Al llegar al lugar aproximadamente una hora antes del comienzo del Shabat, descubrimos que debajo de la cama había muchas arañas de todos los tamaños. Elevé mi voz y me quejé de que no hubieran limpiado la habitación de la forma necesaria, a pesar de mi pedido expreso y detallado. Cuando mandé a llamar a los responsables, a quienes había efectuado mi pedido, ellos no sabían cómo superar su vergüenza y me aseguraron que habían limpiado muy bien la habitación y que no sabían que habían quedado arañas. Les dije que si bien habían limpiado la habitación, se habían limitado a realizar una limpieza superficial, pero no se habían esforzado por revisar debajo de las camas.

Después de eso, al regresar a París, comprendí que muchas veces pensamos que estamos limpios de pecado y que no precisamos volver en teshuvá. Pero de pronto al estar rezando ante Dios en Iom Kipur comenzamos a sentir un terrible temor por no habernos arrepentido debidamente por cierta transgresión… En ese momento en que nos despertamos a la teshuvá, todas las “arañas” (los pecados) comienzan a surgir en nuestro recuerdo y vemos cuánto trabajo deberíamos haber realizado para purificarnos ante Dios. Porque muchas veces sólo volvemos en teshuvá de forma superficial pero no revisamos todos los recovecos del corazón para asegurarnos que no quede ningún pensamiento o acto inadecuado.

Una de las maldiciones que Moshé Rabenu recordó ante el pueblo antes de morir es: “Tu vida se debatirá en permanente incertidumbre y temerás de día y de noche y tendrás seguridad por tu vida” (Devarim 28:66). La explicación simple y literal de este versículo es que Moshé Rabenu le estaba diciendo al pueblo que si no seguían el camino de Dios vivirían sumergidos en la incertidumbre y en las dudas y no podrían disfrutar de la vida; que todo el tiempo temerían morir, tanto de día como de noche, hasta llegar a perder la fe y la esperanza en la vida. El sagrado Baal Shem Tov trae una maravillosa explicación en su libro Keter Shem Tov, al decir que si la persona desea tener éxito en la vida y elevarse debe pensar siempre que todavía está lejos de la perfección y que en consecuencia le queda mucho trabajo para poder elevarse y apegarse a Dios (5b). Sólo de esta forma uno puede crecer y elevarse, porque el hecho de sentirse perfecto impide que se sienta la necesidad de esforzarse y expiar por los malos actos para poder acercarse más a Dios. Y no hay un día más adecuado que Iom Kipur para acercarse a Dios y sentir cuánto nos falta corregir y perfeccionar en nosotros mismos.

Iom Kipur es un día especialmente importante para los tzadikim, porque ellos no le dan descanso a su alma del deseo de pedir perdón a Dios, y no se conforman solamente con “los perdoné de acuerdo con tus palabras”, sino que se esfuerzan por volver en teshuvá porque sienten cuán lejos se encuentran todavía de la perfección. Gracias a las plegarias y a la teshuvá de los tzadikim, Iom Kipur se santifica todavía más y la fuerza del arrepentimiento de los tzadikim también ayuda a los malvados.


 Elevar los Placeres del Cuerpo

Dice la Guemará que en el día de Iom Kipur el pueblo de Israel logra un nivel espiritual tan elevado que el Satán no puede molestar a su servicio Divino (Ioma 20a). El Satán es la Inclinación al Mal y la función que Dios le dio en el mundo es molestar y colocar trabas a la persona intentando desviar sus aspiraciones hacia los aspectos materiales y los deseos mundanos (Baba Batra 16a). Y más de una vez logra hacerlo. Ese es su trabajo en este mundo; pero el nuestro es elevar al mundo terrenal que fue creado con la letra hei y unirlo con el Mundo Venidero que fue creado con la letra iud (Menajot 29b). Además, el alma que es totalmente espiritual empuja a la persona hacia los asuntos espirituales ayudándola a elevarse de un nivel a otro hasta llegar a lo más elevado. Al mismo tiempo la Inclinación al Mal busca la manera de atraer su atención hacia los asuntos materiales, tratando de evitar que concrete aquellas metas para las cuales fue creada.

Pero Dios no pone a prueba a la persona en algo que ella no pueda superar. Por eso Él nos otorgó un día al año en el cual el Satán no puede cumplir con su función: el día de Iom Kipur, en el cual el pueblo de Israel alcanza una santidad similar a la de los ángeles. En Iom Kipur nos alejamos de los placeres corporales: no comemos, no bebemos, no nos lavamos, no calzamos zapatos de cuero y no mantenemos relaciones íntimas (Ioma 73b). ¿Por qué Dios nos ordenó doblegar a nuestros instintos en este día?

Podemos decir que estas cinco prohibiciones tienen el objetivo de confundir al Satán y llevarlo a pensar que somos ángeles y no seres humanos. De esta forma logramos liberarnos de sus permanentes ataques. Ésta es también la razón por la cual acostumbramos a vestir ropas blancas en Iom Kipur (Darké Moshé Oraj Jaim 711:5) y pronunciamos en voz alta: “Bendito sea el nombre de Su glorioso Reino” (Devarim Rabá 2:36).

Explican los Sabios que cuando Dios creó a Adam HaRishón lo colocó en el Jardín del Edén y lo rodeó con una luz tan brillante que los ángeles pensaron que se trataba de Dios mismo (Bereshit Rabá 8:10). Hasta que Adam no pecó comiendo del Árbol del Conocimiento, el Satán era una realidad ajena a él. Pero en el momento del pecado, éste entró a Adam y a su esposa y comenzó a incitarlos hacia el mal.

La palabra najash (serpiente) tiene el mismo valor numérico que la palabra Satán. La Torá nos cuenta que la serpiente tentó a la mujer para que comiera del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal (Bereshit 3). Esto significa que desvió su atención hacia los deseos corporales, incrementando sus deseos al probar el fruto prohibido. A Adam y a Javá Dios les había permitido comer de todos los frutos del Jardín, con excepción de los frutos del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Sin lugar a dudas en el Jardín del Edén no les faltaba absolutamente nada. Pero el Satán envidió la santidad de Adam y Javá y al verlos juntos deseó unirse a Javá. Esto lo llevó a tratar de arruinar el elevado nivel espiritual que tenían, tentándolos para que comieran del fruto del Árbol del Conocimiento.

Allí comenzó la guerra de la Inclinación al Mal contra el hombre. Desde entonces busca las formas más variadas de atraer al hombre hacia el materialismo e intenta evitar que cumpla con su función: elevar al mundo terrenal y transformarlo en un mundo celestial. Cuando Adam y Javá pecaron se mezclaron el bien con el mal y de esta manera la Inclinación al Mal comenzó a gobernar sobre el corazón del hombre. El pueblo de Israel pecó con el Becerro de Oro y después se arrepintió. Dios perdonó al pueblo el día de Iom Kipur y por eso el Satán no tiene fuerza para molestarnos en este día (Pirkei deRabi Eliezer). En Iom Kipur le pedimos a Dios que nos acerque a Él y nos santifique y por eso nos alejamos de estos cinco placeres materiales. A pesar de que se trata de cosas permitidas durante el resto del año, es posible que la hayamos utilizado de forma indebida, dañando de alguna manera nuestro nivel espiritual e incluso llegando a transgredir la voluntad Divina. Por eso Dios nos alejó de estas cosas en este día sagrado en el cual nos asemejamos a los ángeles celestiales.

Al unirse a su esposa el hombre cumple una mitzvá muy importante. Pero a veces pueden entremezclarse placeres indebidos que no se originan en la santidad. Por eso se deben corregir esos deseos al mantenerse separados en Iom Kipur. Cuando la persona come, bendice antes y después de la comida y de esta manera la santifica y la transforma en algo espiritual. Pero a veces también aquí se mezcla la atracción por ciertos alimentos y esto arruina la mitzvá convirtiéndola en un acto material. Por eso en Iom Kipur nos abstenemos de comer. A esto se refirieron nuestros Sabios cuando explicaron el versículo: “Santos serán porque Yo soy santo” (Vaikrá 19b): “Santifícate en aquello que tienes permitido” (Ievamot 20a, Ialkut Shimoni Devarim 891). También está escrito: “Porque eres un pueblo santo”. Esto significa que debemos alejarnos de ciertos asuntos que están permitidos para santificarnos y acercarnos al Creador.

Esta misma idea la encontramos en lo referente al nazir, quien buscaba santificarse alejándose de cosas que están permitidas (Bamidbar 6:5). Al alejarse de lo material la persona amplía su espiritualidad (Taanit 11a). Cualquiera que se aleja de cosas materiales –incluso de aquello que está permitido- para evitar seguir a sus deseos mundanos, incrementa su espiritualidad y se acerca al mundo celestial que fue creado con la letra iud.

Sobre Iom Kipur está escrito: “Pues en este día él expiará por todos sus pecados, delante del Eterno serán purificados” (Vaikrá 16:30). Enseñan los Sabios que Iom Kipur expía todos los pecados entre la persona y el Creador, incluso si la persona no llegó a arrepentirse completamente por los mismos (Ioma 85b). ¿Cómo lo logramos? Alejándonos de los placeres mundanos que nos impiden unirnos al Creador. De aquí aprendemos que el materialismo desproporcionado, incluso cuando se trata de cosas permitidas, provoca que la persona se aleje de Dios y le abre la puerta del corazón a la Inclinación al Mal. Pero cuando la persona se apega a la Torá y a los buenos actos, a la espiritualidad, aleja de sí las malas influencias de la Inclinación al Mal. Como está escrito: “Creé a la Inclinación al Mal y creé a la Torá como su antídoto” (Kidushín 30b).

En Tehilim dice el rey David: “Pero en cuanto a mí, la cercanía a Dios es mi bien” (73:28). Esto manifiesta que el placer del rey David era la cercanía a Dios y no la búsqueda de placeres corporales. Por eso también dijo: “Deléitate en el Eterno y Él concederá los deseos de tu corazón” (Ibíd. 37:4). De esto se entiende que el máximo placer que podemos lograr es la cercanía a Dios.

En la plegaria de Iom Kipur nos vamos elevando paso tras paso. En la plegaria Kol Nidré corregimos nuestro nefesh, el cual se apegó a los placeres terrenales. En Shajarit corregimos el ruaj y en Musaf corregimos la neshamá. La máxima santidad y elevación espiritual llega con el rezo de Neilá, cuando el nefesh, el ruaj y la neshamá ya fueron corregidos y tenemos la fuerza de apegarnos al Creador sin que ningún asunto material se interponga en nuestro camino, corrigiendo de esta forma las seis sefirot de Iom Kipur sobre las cuales se construyó el mundo: jesed, guevurá, netzaj, hod, iesod y biná.

Cuando estaba de pie el Templo sagrado, ocurrían allí diez milagros (Avot 5:5). Uno de ellos era que el cohén gadol no tenía emisiones vanas de semen en el día de Iom Kipur. ¿Por qué habríamos de sospechar que esto llegara a ocurrirle a la persona más sagrada en el día más santo del año, cuando entraba al lugar más sagrado del Templo para encontrarse con la Presencia Divina? ¿Para eso hacía falta un milagro? La respuesta es que cuanto mayor es la persona espiritualmente, mayor es su Inclinación al Mal (Sucá 52a). Debido a que en Iom Kipur el cohén gadol llegaba a los niveles espirituales más elevados, existía la posibilidad de que tropezara en algo así y por eso era necesario que ocurriera un milagro para evitarlo. Por eso Dios aleja al Satán y no le permite que moleste a Sus hijos en este día.


Este Sufrimiento es por Mi Culpa

El Midrash Ioná cuenta que cuando Ioná se escapó en un barco porque no quería cumplir con el mandato Divino de ir a Nínive, una fuerte tormenta afectó a la embarcación amenazando con hundirla en las profundidades del mar. El Midrash dice: “Rabí Janina dice que hacían juramentos a sus dioses. Como está escrito: ‘Y los marineros temieron y comenzaron a gritar a sus dioses. Se prosternaron y se dijeron los unos a los otros: ‘que cada uno clame a su dios y el que nos responda salvándonos de esta tormenta es el dios verdadero’. Cada uno clamó a su dios, pero ninguno respondió. Ioná en su sufrimiento se quedó dormido. El capitán fue a su camarote y le dijo: ‘¡Corremos peligro de muerte! ¡Levántate y clama a tu Dios! Quizás nos responda y haga un milagro tal como lo hizo en el Mar Rojo’. Entonces Ioná les dijo: ‘No les ocultaré la verdad. Este sufrimiento es por mi culpa. Levántenme y arrójenme al mar, entonces el mar se calmará…'” (Otzar HaMidrash Aizenshtein, Ioná página 218).

El Rab de Brisk trae en su libro Iamim Noraim la historia del profeta Ioná, de la cual se pueden aprender muchas cosas. Si prestamos atención a las palabras del Midrash veremos que Ioná aceptó la responsabilidad de lo que estaba sucediendo y no pensó que la tormenta se debiera a los marineros idólatras. Él sabía muy bien que “este sufrimiento es por mi culpa”. Ioná comprendió que Dios atacó a la embarcación con una tormenta en alta mar porque él se había negado a cumplir con la misión que le habían encomendado: ir a la ciudad de Nínive para advertirles a sus habitantes que Dios destruiría la ciudad si no se arrepentían y si no cambiaban su actitud. Esta es una gran enseñanza, especialmente durante los Iamim Noraim que son días de despertar espiritual y de arrepentimiento. Debemos aprender hasta qué grado la persona debe hacerse responsable por los sufrimientos que la acosan a ella en particular y a quienes la rodean. Nuestros Sabios explicaron el versículo: “Dichoso es el pueblo que sabe complacer al Eterno con los sonidos del Shofar”, diciendo que dichoso es el pueblo de Israel que sabe reconocer sus pecados y comprende que el castigo que recibe se debe a las transgresiones cometidas (Tehilim 89:16, Brit Abraham 149b).

Dicen nuestros Sabios que cuando surge alguna dificultad o sucede algo indeseado, la persona debe reflexionar sobre sus actos y buscar qué pudo haber causado ese sufrimiento. Si no encuentra ninguna razón, seguramente el sufrimiento se debe a que descuidó el estudio de la Torá (Berajot 5a). Las palabras de los Sabios nos enseñan que no existe la casualidad y que en el mundo nada sucede sin que haya una causa que lo provoque. Por lo tanto debe haber una causa para su sufrimiento y es necesario buscarla para poder corregirla. Más de una vez, en lugar de realizar una introspección y recapacitar sobre nuestros actos cumpliendo con “este sufrimiento es por mi culpa”, buscamos al “culpable” de nuestro sufrimiento entre quienes nos rodean o en los acontecimientos que tuvieron lugar… Todo esto en vez de reconocer que Dios nos está llamando la atención para que mejoremos nuestros caminos. Por ejemplo: si una persona nos estafó provocándonos una importante pérdida financiera, tenemos dos opciones respecto a cómo entender lo sucedido. O aceptamos que todo lo que ocurre en el mundo es obra del Creador y que esa persona era solamente un enviado de Dios para llamarnos la atención y despertar nuestro arrepentimiento; o cerramos los ojos a la verdad y descargamos nuestro enojo sobre la persona que nos estafó. Pero la verdad es que nadie puede dañar a otro en lo más mínimo sin que el Creador haya decidido que le corresponde recibir ese sufrimiento.

Cuando nos enojamos con personas de carne y hueso por habernos causado algún daño, estamos negando la responsabilidad que deberíamos tener por nuestros malos actos. De esta manera nos asemejamos al perro que muerde el palo que le pegó pensando que es la causa de su dolor, sin darse cuenta que es el hombre quien lo golpeó con el palo.

Nuestro problema es que culpamos a los demás o a cualquier otra causa externa, pero nunca aceptamos la responsabilidad reconociendo que nuestros propios actos son la causa de nuestro sufrimiento. Siempre tenemos una buena explicación y un excelente pretexto para cada cosa, quedando siempre libres de toda culpa. Sobre esto dice el Ramjal que existen dos clases de ceguera: la ceguera de nacimiento, en la cual a pesar de toda la buena voluntad del mundo la persona no puede llegar a ver lo que ocurre a su alrededor; y la ceguera que sufren aquellas personas que poseen la capacidad de ver pero cierran los ojos para no aceptar la realidad (Mesilat Iesharim capítulo 2). Una persona ciega de nacimiento que camina al borde de un abismo no es capaz de sentir el peligro que corre su vida, pudiendo caer en cualquier momento. En cambio la persona que cierra sus ojos ante la realidad tiene la posibilidad de cuidarse del peligro, sin embargo elige ignorarlo y avanzar hacia el abismo.

Muchas veces nos comportamos tal como la persona que cierra fuertemente los ojos para no ver lo que sucede a su alrededor e ignoramos los avisos que el Creador nos envía una y otra vez. En vez de reconocer que es Dios quien nos golpea debido a nuestros malos actos, elegimos culpar a todos los demás. Esto sólo provoca que Dios precise golpearnos más fuerte para que lleguemos a reconocer nuestra responsabilidad por nuestros actos y nos arrepintamos sinceramente de nuestros pecados.

No es nada fácil reconocer que nos equivocamos y corregir nuestro comportamiento. Tampoco es sencillo arrepentirse sinceramente por lo que hemos hecho. El Rambam (Teshuvá capítulo 1:2) explica paso a paso el camino hacia el arrepentimiento sincero. La introspección y el examen de conciencia exigen que la persona utilice todos los medios que tiene a su alcance para comprender cuál es la razón de su sufrimiento. Dios, con Su enorme bondad, nos otorgó los Días de Misericordia y Perdón, en los cuales es mucho más fácil arrepentirse y acercarse a Él. Pero no es suficiente con que la persona abandone su mal comportamiento y confiese su pecado, sino que también debe aceptar de manera absoluta no volver a cometer esa transgresión (Ibíd. 2:2). Esto es como abrir una nueva cuenta, borrando por completo lo que sucedió en el pasado.

Decidir firme y sinceramente no volver a cometer las transgresiones del pasado es algo sumamente importante para lograr un auténtico arrepentimiento. Más de una vez tenemos un despertar espiritual y nos arrepentimos de haber cometido cierto pecado y sufrir sus consecuencias… Pero con el paso del tiempo, cuando el dolor se calma, rápidamente volvemos a vernos envueltos en el mismo pecado a causa del cual lloramos amargamente, tal como un perro que vuelve a comer lo que acaba de vomitar (Mishlei 26:11, Ioma 86b).

Cuando Dios ve que la persona dejó de lado su arrepentimiento y volvió a desviarse del camino, la golpea nuevamente y con más fuerza que antes, esperando que esta vez comprenda el mensaje.

Cuando la persona comprende y se repite a sí misma una y otra vez: “Este sufrimiento es por mi culpa”, esta idea se transforma en un cartel de “¡Pare!” que logra detenerla antes de cometer la falta. Es como si ese cartel le dijera: “La última vez que cometiste este pecado Dios te golpeó para que no lo hicieras. ¿Quieres que vuelva a golpearte todavía más fuerte?” (Shaarei Teshuvá Shaar 2:2).

Es sabido que muchos gentiles se arrepienten de sus malas acciones y buscan expiar por sus pecados. Una vez al estar en Marruecos se me acercó uno de los habitantes del lugar y me preguntó cuántas veces ayunábamos los judíos en el año. Comencé a contar los ayunos: Tzom Guedaliá, Iom Kipur, el diez de Tevet… Al oír mi respuesta arqueó las cejas con desdén y me dijo: “Nosotros (los musulmanes) somos más elevados que los judíos: ayunamos durante un mes entero para expiar por nuestros pecados”. Al oír sus palabras pensé cuán necesario es despertarnos y arrepentirnos para poder corregir realmente nuestros pecados y servir a Dios como es debido, para evitar de esta manera que nuestros enemigos puedan tener fuerza sobre nosotros.

El Midrash cuenta que cuando Nebujadnetzar comenzó a alabar a Dios, el ángel Gabriel fue y le dio un golpe en la boca para callarlo (Ialkut Shimoni, Iejezkel 376). Dicen los Sabios que las alabanzas de Nebujadnetzar eran tan agradables ante el Creador, que Él lo detuvo para que ese malvado no alcanzara niveles más elevados que las alabanzas del rey David.

Alguien me preguntó cómo es posible que Dios haya aceptado las alabanzas de un malvado como Nebujadnetzar y que éstas pudieran llegar a superar a las alabanzas del rey David. ¡El rey David constituye la cuarta base de la Carroza Divina! (Shelá HaKadosh, Asará Maamarot, Hakdamá 3). La respuesta es que sin ninguna duda Dios prefiere las plegarias y las alabanzas del pueblo judío. Pero cuando el pueblo de Israel peca y despierta el enojo Divino, el Atributo de la Justicia presenta sus acusaciones ante la Corte Celestial y corremos el riesgo de que Dios prefiera las plegarias de los gentiles antes que las de Su pueblo.

Esto nos enseña cuánto debemos esforzarnos por apegarnos al Creador. Si sucedió que llegamos a pecar y a transgredir, debemos arrepentirnos lo antes posible para que las acusaciones del Atributo de la Justicia no provoquen que Dios prefiera las plegarias de nuestros enemigos antes que las nuestras, que Dios no lo permita. Como ya hemos dicho, es necesario arrepentirse sinceramente y reconocer que: “Este sufrimiento es por mi culpa”, y no buscar culpables afuera. Solamente cuando la persona asume la responsabilidad por sus propios actos y reconoce que Dios mismo es quien la golpeó para llamar su atención, puede llegar a arrepentirse sinceramente por sus pecados y corregir sus actos siguiendo los pasos enumerados por el Rambán en las leyes de teshuvá. Cuando Moshé Rabenu subió al Cielo para recibir la Torá, los ángeles quisieron quemarlo con el aliento de sus bocas alegando que ese no era el lugar para un hombre de carne y hueso. Al comprender que su vida estaba en peligro, Moshé le pidió a Dios que lo salvara y Él le dijo: “Aférrate a Mi Trono de Gloria y respóndeles”. Moshé Rabenu hizo lo que Dios le indicó y les dijo a los ángeles que él había subido para bajar la Torá al pueblo de Israel, que tenía Inclinación al Mal y deseos mundanos y por lo tanto necesitaba la Torá para poder servir al Creador de la forma adecuada. En cambio los ángeles no tienen Inclinación al Mal y no necesitan la Torá para poder cumplir con la voluntad Divina, y tampoco tienen que cumplir con las mitzvot (Shabat 88b, 89a).

A primera vista no se entiende qué querían los ángeles de Moshé Rabenu. Sabían que la Torá no era para ellos sino para seres de carne y hueso que sienten envidia, odio, atracciones corporales… En consecuencia los seres humanos necesitan la Torá para que los dirija y los salve. ¿Por qué entonces intentaron quemar a Moshé y evitar que bajara la Torá para Israel? Durante mucho tiempo tuve esta pregunta hasta que encontré la respuesta al estar en Ucrania.

Al visitar un lugar de Ucrania se acercaron los dirigentes de la comunidad local y me dijeron que muchas parejas judías preferían vivir juntas sin casarse, porque si se casaban la mujer tenía que ir a la mikve y allí no había mikve. Por eso preferían vivir juntos sin casarse y cometer un pecado menos grave.

Al oír su argumento les expliqué que no hay ninguna diferencia con respecto a esta prohibición y que el pecado es igual de grave si están o no casados. Lo que debían hacer era organizarse, conseguir donaciones y construir una mikve kasher, para lo cual necesitaban aproximadamente cien mil dólares. Gracias a Dios tuvimos el mérito de conseguir alrededor de ochenta mil dólares en una cena que organizamos para esa causa. Eso permitirá que con ayuda de Dios se construya una mikve en ese lugar.

Podemos decir que los ángeles no querían que Moshé bajara la Torá al pueblo de Israel porque temían que el pueblo no cumpliera con lo que está escrito en ella. De esta manera, era preferible que no conocieran las reglas para que no las transgredieran a propósito. Pero Dios le dijo a Moshé que se aferrara a Su Trono de Gloria y les respondiera a los ángeles. Y la respuesta de Moshé fue que incluso si el pueblo de Israel llegaba a pecar a sabiendas, Dios siempre estaba dispuesto a aceptar su arrepentimiento, tal como dice el versículo: “Y retornarás al Eterno tu Dios” (Devarim 30:2). Esto significa que Dios nos otorgó la posibilidad de corregir nuestros malos actos y retornar a Él incluso después de haber cometido los más graves pecados (Tana de Be Eliahu Rabá 22).

Para despertar nuestro arrepentimiento y que podamos cumplir con esta mitzvá, Dios trae sobre nosotros sufrimientos y pruebas que debemos superar. Estos sufrimientos son causados por nuestros propios pecados, ya sea de manera personal o por la responsabilidad mutua que existe dentro del pueblo de Israel, que lleva a que cada uno sea garante por los actos de su semejante aún cuando él mismo no haya pecado (Shevuot 39a). Nuestra obligación es entender que los sufrimientos que Dios nos da son un enorme regalo, porque su objetivo es llevarnos nuevamente a estar cerca de Dios, tal como dice el versículo de Mishlei: “Porque el Eterno corrige a quien ama” (3:12), para que podamos regresar a Él. También es importante recordar que los sufrimientos son la consecuencia de nuestros propios actos, porque eso nos permite arrepentirnos sinceramente y mantenernos firmes en nuestra decisión de ir por el buen camino, para que Dios se apiade de nosotros y ponga fin a nuestros sufrimientos.


 La Fuerza del Arrepentimiento

Escribe el Rambam: “¿Qué es el arrepentimiento? Abandonar el pecado, quitarse esas ideas pecaminosas de la cabeza y decidir firmemente no volver a hacerlo. Como está escrito (Ieshaiahu 55:7): ‘Que el malvado abandone su mal camino y sus pensamientos el inicuo’. Debe sentirse consternado por lo que hizo, tal como está escrito: ‘Porque después de arrepentirme me sentí consternado’ (Irmihá 31:18). Hasta que el Creador pueda dar testimonio respecto a que no volverá a cometer ese pecado, como está escrito: ‘Ni tampoco volveremos a llamar divinidad a los dioses que son obra de nuestras propias manos’ (Hoshea 14:4). Además, debe confesar ante el Eterno su pecado y declarar con su boca las decisiones que tomó en su corazón” (Teshuvá Capítulo 2, halajá 2).

El Rambam explica que cuando la persona se arrepiente de sus malas acciones debe prestar atención a que su arrepentimiento sea auténtico y llegue a la raíz del pecado, al grado de sentir que se transformó en otra persona. Si antes de arrepentirse se llamaba Reubén, ahora debe sentir que se llama Shimón.

El Rambam aprende estas reglas del Tratado de Rosh Hashaná (16b) donde dice que cuatro cosas pueden cambiar para bien el veredicto que fue dictaminado sobre la persona. Una de ellas es cambiarse el nombre. El Rambam dice que no se trata simplemente de un cambio de nombre como se hace con la persona enferma, sino que la Guemará se refiere también a una persona que cambió su vida al grado de cambiar su propia esencia. La persona debe sentir que todo el tiempo que sigue cometiendo determinada transgresión está enferma y en peligro. El arrepentimiento la cura y la libera transformándola en un hombre nuevo.

Son conocidas las palabras de los Sabios respecto a que la persona que se arrepiente sincera y profundamente de sus pecados es como un niño recién nacido (Vaikrá Rabá 30:3, Maor VeShemesh parashat Nitzavim, Rimzei Rosh Hashaná). Dios con Su inmensa misericordia nos dio la posibilidad de arrepentirnos de nuestros pecados y retornar a Él, para que ningún individuo del pueblo de Israel se vea apartado de la santidad. Al arrepentirse uno no solamente se transforma en un hombre nuevo, sino que quien logra arrepentirse sinceramente de sus malos actos alcanza un nivel espiritual muy elevado y es como un niño recién nacido, absolutamente limpio de todo pecado. Por eso está escrito: “¡Regresen hijos rebeldes!” (Irmiahu 3:22). Dios nos pide que a través del arrepentimiento sincero volvamos a ser como un niño recién nacido, limpio y puro, y que podamos volver a estar cerca de Él, Bendito Sea.

Lamentablemente en nuestros días la gente paga mucho dinero para tener un lugar preferencial en el Bet HaKneset en el día de Iom Kipur… ¡Ojalá invirtieran tanto para lograr su lugar en el Mundo Venidero después de los ciento veinte años…! Invierten mucho dinero en este mundo para obtener un lugar honorable en Iom Kipur, que es un solo día al año; pero no invierten nada para obtener un lugar preferencial en el mundo verdadero y eterno. El Satán confunde a las personas y las lleva a invertir su dinero en cosas completamente pasajeras y transitorias, mientras les oculta las inversiones que realmente valen la pena: el lugar donde estarán en el Mundo Venidero.

La Inclinación al Mal también le roba el tiempo a la persona molestándola con toda clase de ocupaciones y preocupaciones. Para esto Dios nos otorgó el día de Shabat que tiene parte del sabor del Mundo Venidero (Berajot 57b). También el día de Iom Kipur es como el Mundo Venidero, tal como lo expresa el versículo: “Pues en este día expiará por todos sus pecados, delante del Eterno serán purificados” (Vaikrá 16:30). La fuerza espiritual de este día sagrado es tan grande y elevada que las fuerzas del mal no pueden mantenerse de pie ante tanta santidad y se ven obligadas a escapar al desierto. De esta manera la persona puede pararse ante Dios y purificarse, incluso a la fuerza porque Iom Kipur purifica por su misma esencia. Por eso, cuando las fuerzas del mal nos dan descanso en este día, es posible sentirse como en el Mundo Venidero. Debemos aprovechar esta influencia positiva para procurar lograr durante todo el año un buen lugar en el Mundo Venidero.

Está escrito: “Bendito serás cuando llegues, bendito serás cuando salgas” (Devarim 28:6). Este versículo puede aplicarse al día de Iom Kipur, porque la persona es bendita cuando entra al Bet HaKneset y también lo es cuando sale de allí. Sin ninguna duda el hecho mismo de ir a rezar en Iom Kipur es una gran bendición y por eso recibe una bendición también al salir del Bet HaKneset al final del día. Tomando parte en los rezos de Iom Kipur se pueden alcanzar niveles espirituales muy elevados. El Bet HaKneset es como un Bet HaMikdash en miniatura y por eso se considera como si hubiera visto todo el servicio del sagrado cohén gadol en el Templo. Dicen los Sabios que las vestimentas del cohén gadol expiaban por los pecados del pueblo de Israel (Zevajim 88b) y las plegarias de la persona en el Bet HaKneset son comparadas con el servicio del cohén gadol, que era un servicio totalmente individual y ningún otro cohén podía ayudarlo a pesar de la dificultad física y emocional que este servicio implicaba (Ioma 32b).

Esto significa que en Iom Kipur cada uno puede ser como el cohén gadol y corregir sus pensamientos y sus actos aprovechando la santidad especial que tienen las plegarias en este día sagrado, apegándose a Dios de la misma manera en que lo hacía el cohén gadol al entrar al lugar más santo del Templo en Iom Kipur.

En este mundo es muy difícil vivir sin desviarse del buen camino porque la influencia de las fuerzas de la impureza es muy grande y nos preparan emboscadas en cada esquina. Es muy difícil escaparse de sus trampas. Pero Dios nos brindó un regalo muy preciado: la sagrada Torá, y a través de ella es posible respirar aire puro y limpio de toda impureza espiritual. Tampoco estamos completamente libres de descuidar el estudio de la Torá, en consecuencia entran en nuestra mente pensamientos indebidos e impuros. Dios con Su inmensa misericordia nos otorgó el Shabat y el día de Iom Kipur, que tienen parte del sabor del Mundo Venidero y tienen la fuerza de purificar el pensamiento aún cuando permanecemos en este mundo material.

Mientras el Templo estaba de pie, la persona que pecaba llevaba un sacrificio y sus pecados eran perdonados (Berajot 17a). Nosotros no podemos llegar a captar esa maravillosa bendición.

En forma simple podemos explicar que esa es la gran fuerza que el Creador le otorgó al arrepentimiento, un regalo maravilloso para el mundo. Cuando la persona peca, Dios no la mata sino que culpa al Satán por haberla incitado a cometer esa transgresión y de esta manera la persona tiene tiempo de arrepentirse y mejorar su comportamiento. Si decide firmemente mejorar sus caminos, lleva un sacrificio y lo ofrece ante Dios, lo cual es como sacrificar a la Inclinación al Mal que la había arrastrado hacia el pecado. Por eso la Inclinación al Mal trata de evitar a todo precio que la persona se arrepienta, pero en esta guerra Dios ayuda a la persona. Como está escrito: “Cuando salgas a la guerra contra tus enemigos” (Devarim 21:10), es decir contra la Inclinación al Mal (Alshij, Devarim 20:19). “Y traerás de entre ellos cautivos”. Esto nos enseña que la persona recibe ayuda del Cielo para vencer a la Inclinación al Mal y llevarla cautiva. ¿Qué significa llevarla cautiva? Que Dios transforma los pecados de la persona en méritos y que ella recibe parte de su recompensa mientras permanece en este mundo.

La Torá fue entregada en el desierto y no en la ciudad. Esto fue para enseñarle a la persona que tiene la fuerza de levantarse de la nada y transformarse en un gran tzadik. El pueblo de Israel consiguió el nivel de Dor Deá (La generación del Conocimiento) precisamente en el desierto (Vaikrá Rabá 9:1). Antes de recibir la Torá eran como “El bruto no sabe y el tonto no comprende” (Tehilim 92:7). De todas maneras pudieron elevarse a tal nivel espiritual que fueron llamados Dor deá para enseñarnos que cada individuo puede llegar a lo más elevado a pesar de encontrarse en lo más bajo. Todo depende de la medida de entrega que esté dispuesto a invertir en su crecimiento espiritual.

Hace un tiempo viajé a Polonia y estuve en Auschwitz con un grupo de judíos de Argentina. Las imágenes a las que me vi expuesto en ese lugar me provocaron una tormenta emocional, revolviendo mis entrañas. ¿Quién puede ver eso y permanecer indiferente y en calma? Al ver las fotos que testimonian lo que sucedió allí me pregunté una y otra vez: ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué tuvimos que vivir semejante atrocidad? De pronto se nos acercó un hombre no judío, encargado de explicar a los visitantes lo que ocurrió en esos días tenebrosos. Le pregunté cuántos judíos habían estado en ese campo y me respondió que cuando los hornos crematorios ya no funcionaban en las barracas del campo había más de cien mil judíos. Cuando le pregunté cuántos soldados cuidaban el campo, me respondió que solamente varios cientos de soldados. Entonces le pregunté cómo era posible que los judíos no se revelaran contra los guardias, que eran muchos menos. Esta persona bebió un sorbo de agua y me dio a entender que no obtendría respuesta a mi pregunta. Entonces comprendí la respuesta a todas mis preguntas, si es que hay algo que podemos llegar a entender en este mundo: Cuanto más preguntas formulemos, menos respuestas obtendremos., ¡La respuesta es la fe en Dios!

Sin ninguna duda si no hubiésemos pecado no habríamos llegado a una situación como esa que la mente humana no logra comprender. Y si llegamos hasta ese lugar donde encontraron la muerte tantos hermanos judíos y vimos esas imágenes monstruosas, no cabe duda de que Dios quiere que sepamos que ser judíos tiene un precio. Tanto si la persona desea o no ser judía, no puede escaparse de esa realidad. Si nació judío, morirá judío. Cuando nos olvidamos del Creador e intentamos ser como todos los pueblos, Él no tiene más remedio que golpearnos para que regresemos al buen camino. Los años del Holocausto fueron años de ocultamiento Divino. ¿Cómo podemos llegar a comprender los caminos del Creador?

A algunas personas les puede resultar difícil aceptar esta forma de ver las cosas, pero ésta es la realidad. Una vez que Dios nos eligió para ser Su pueblo, Él es quien fija las reglas y nosotros debemos cumplir con Sus mandamientos bajo toda circunstancia. Cuando pecamos, Dios nos recuerda que Él es el rey para que entendamos que rebelarse contra Él es lo peor que podemos hacer. Si un judío se rebela contra Dios por los sufrimientos que Él le provoca, se asemeja a un ladrón que es atrapado con las manos en la masa y lo esposan pero logra escaparse. Cuando vuelven a atraparlo lo castigan doblemente y con todo el rigor de la ley.

Pero cuando el pueblo de Israel está rodeado de Torá y mitzvot, cuando busca el arrepentimiento sincero e intenta corregir sus caminos, ningún fiscal puede presentar acusaciones en su contra. Esto es lo que ocurrió con nuestro patriarca Iaakov, a quien el ángel de Esav no lo pudo dañar de manera significativa porque su cuerpo estaba empapado de Torá y temor al Cielo.

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